La administración del presidente Donald Trump ha ordenado la retirada de la bandera arcoíris que ondeaba en el Stonewall National Monument, el histórico enclave de Nueva York considerado cuna del movimiento moderno por los derechos LGTBIQ+ en Estados Unidos.
La decisión, ejecutada a través del Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos, ha provocado una inmediata reacción de rechazo por parte de colectivos, activistas y representantes políticos locales, que interpretan la medida como un gesto simbólico de retroceso en materia de visibilidad y reconocimiento.
Un símbolo con profundo significado histórico
El monumento, situado en el barrio de Greenwich Village y que incluye el histórico Stonewall Inn, recuerda los disturbios de junio de 1969, cuando una redada policial desencadenó varias jornadas de protestas que marcaron un antes y un después en la lucha por los derechos del colectivo LGTBIQ+.
La bandera arcoíris, convertida en emblema internacional del orgullo y la diversidad, había sido incorporada como símbolo visible del significado del lugar. Su retirada, según fuentes federales, responde a una directriz que limita la presencia de enseñas no oficiales en mástiles de espacios gestionados por el Gobierno federal.
Reacciones políticas y sociales
Autoridades de la ciudad de Nueva York y organizaciones de defensa de los derechos civiles han criticado la medida y han anunciado que buscarán fórmulas para garantizar que el símbolo continúe presente en el entorno del monumento, aunque sea desde el ámbito municipal o mediante iniciativas comunitarias.
Desde asociaciones LGTBIQ+ se ha señalado que el debate trasciende la mera cuestión protocolaria y afecta a la memoria histórica y al reconocimiento institucional de un colectivo que ha sufrido décadas de discriminación. “Stonewall no es solo un lugar físico, es un recordatorio permanente de una lucha por la igualdad que sigue vigente”, han manifestado portavoces de distintas entidades.
Debate sobre símbolos y memoria democrática
La retirada de la bandera se enmarca en un contexto más amplio de revisión de políticas relacionadas con diversidad e inclusión en distintos ámbitos federales. Para sus detractores, la medida envía un mensaje político claro sobre el papel que deben ocupar los símbolos vinculados a minorías en espacios oficiales.
Mientras tanto, activistas han convocado concentraciones y actos simbólicos para reafirmar el significado del monumento y reivindicar que la historia del movimiento LGTBIQ+ forma parte inseparable de la historia de los derechos civiles en Estados Unidos.
Más allá de la polémica institucional, el episodio ha reabierto el debate sobre el valor de los símbolos públicos y su capacidad para representar —o invisibilizar— realidades sociales y conquistas históricas.







