Vivir del drag en España: arte, trabajo y resistencia

Foto de Following NYC de Pexels.

Este 16 de julio, Día Internacional del Drag, artistas y entidades LGTBI+ reivindican una disciplina escénica que ha ganado visibilidad, pero que continúa marcada por la temporalidad, los gastos de producción, la informalidad laboral y la necesidad de crear espacios seguros. Entender este arte exige, además, no confundir un personaje drag con la identidad de género de quien lo interpreta.

Hoy se conmemora el Día Internacional del Drag, una jornada nacida para reconocer la creatividad, la cultura y la contribución de las artistas drag de todo el mundo. Esta fecha permite celebrar el brillo del escenario, pero también observar lo que sucede antes y después de una actuación. Tras una peluca, un vestido o un número de Lip Sync hay horas de maquillaje, ensayos, escritura, confección, producción musical, promoción, transporte y montaje. En muchos casos, todas estas tareas recaen sobre una misma persona.

La expansión de los espectáculos, las redes sociales y los concursos televisivos han acercado el drag a públicos más amplios. Sin embargo, la popularidad cultural no se traduce necesariamente en estabilidad profesional. Los testimonios de diferentes artistas describen cachés reducidos, acuerdos verbales, falta de contratos, camerinos improvisados y temporadas de trabajo muy concentradas en los meses del Orgullo.

Pero.. ¿Qué es el drag?

El drag es una práctica artística basada en la creación y representación de un personaje mediante el maquillaje, el vestuario, la voz, la música, el humor, el baile, la interpretación corporal y otros recursos escénicos.

Puede exagerar, combinar, parodiar o cuestionar los códigos tradicionalmente relacionados con la feminidad y la masculinidad. También puede construir criaturas, personajes abstractos o propuestas que no se identifican con ninguno de los dos polos del género.

No existe, por tanto, una única forma de hacer drag. Hay drag queens, drag kings, transformistas, cómicas, cantantes, bailarinas, presentadoras, imitadoras y artistas conceptuales. Algunas trabajan desde el cabaret y la cultura nocturna; otras llevan sus personajes al teatro, la música, el audiovisual, la educación o la intervención comunitaria.

La Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans, Bisexuales, Intersexuales y más (FELGTBI+), entidad que agrupa a organizaciones LGTBI+ de distintos territorios españoles, define el drag como una interpretación que utiliza de forma elaborada o exagerada códigos asociados al género con intenciones artísticas, cómicas, satíricas o dramáticas. Sus materiales educativos señalan expresamente que ser drag queen o drag king no es lo mismo que ser una persona trans.

Por qué no debe confundirse con la identidad de género

La identidad de género pertenece a la experiencia personal e interna de cada individuo. El drag, en cambio, es una práctica escénica: algo que se crea, se ensaya y se representa.

La expresión de género describe cómo una persona muestra externamente determinados rasgos mediante la ropa, la voz, los gestos, la apariencia o la conducta. Una actuación drag puede jugar intensamente con esa expresión, pero no permite deducir automáticamente la identidad de quien está sobre el escenario.

Una persona que interpreta a una drag queen no tiene por qué ser una mujer trans. Una persona que hace drag king tampoco tiene que identificarse como hombre. Las artistas drag pueden ser cis, trans o no binarias y tener cualquier orientación sexual.

De hecho, la legislación española también trata la identidad sexual y la expresión de género como realidades diferenciadas. La Ley 4/2023 protege frente a la discriminación por orientación sexual, identidad sexual y expresión de género, enumerándolas como causas distintas que requieren reconocimiento y protección.

La experiencia de artistas como Estrella Extravaganza, artista drag y antigua concursante de Drag Race España, ayuda a comprender esta complejidad. En una reciente entrevista explicó que le gusta ser llamada por su nombre artístico, pero que no se considera una mujer. También habló de su identidad no binaria y de su proceso de reconciliación con otras formas de vivir la masculinidad. Su personaje y su identidad personal se relacionan, pero no son equivalentes.

De hecho, el error de confundir ambas realidades puede tener consecuencias. Reduce la identidad trans a la idea de un disfraz y, al mismo tiempo, presupone que toda persona que altera los códigos de género sobre un escenario está comunicando necesariamente su identidad personal.

Una mujer trans puede hacer drag, pero no es una drag queen por ser trans. Un hombre cis puede interpretar a una drag queen y continuar identificándose como hombre. El personaje puede quitarse el maquillaje; la identidad de género no es maquillaje.

Una artista, muchas profesiones

El público suele ver el resultado final, pero no siempre conoce el proceso de producción.

Una artista drag puede diseñar el concepto de su número, escribir un monólogo, seleccionar canciones, realizar una mezcla musical, aprender una coreografía, confeccionar o modificar el vestuario, peinar pelucas y encargarse de la promoción. También debe negociar el caché, desplazarse hasta la sala, montar los elementos del espectáculo y desmontarlos al terminar.

El coste de una actuación no se limita al tiempo que la artista permanece frente al público. Incluye maquillaje, pestañas, zapatos, vestuario, pelucas, accesorios, transporte y, en ocasiones, el exceso de equipaje necesario para trasladar al personaje.

De nuevo, Estrella Extravaganza explicaba que llegó un momento en el que comprendió que estaba gastando una cantidad considerable en vestidos, maquillaje y pelucas y necesitaba rentabilizar ese trabajo. También describió las dificultades para viajar con los numerosos bultos necesarios para construir el personaje, especialmente cuando la contratación no cubre los gastos adicionales de transporte.

El drag es, en ese sentido, una pequeña producción escénica. El caché que recibe la artista no equivale al beneficio final: una parte puede destinarse inmediatamente a pagar el material utilizado o a preparar la actuación siguiente.

Trabajar por 40 euros y cobrar en visibilidad

Diferentes testimonios publicados muestran que la precariedad no es únicamente una impresión subjetiva.

Miss Yokim, artista drag bilbaína afincada en Madrid, relató en un reportaje que comenzó cobrando 40 euros por noche durante la pandemia, cuando acababa de llegar a la capital. La artista responsabilizaba al empresario, no a quien acepta una oferta por necesidad: “Con la precariedad trabajas a cualquier precio”.

Su experiencia incluía acuerdos verbales, cambios en el número de días trabajados y dificultades para demostrar las condiciones pactadas. El problema de la ausencia de contrato no es solo el sueldo: también afecta a los horarios, la continuidad, la capacidad de reclamar y la cobertura ante cualquier incidencia.

En el mismo reportaje, Samantha Hudson, artista, cantante y creadora audiovisual, señalaba que muchas drags apenas conseguían cubrir el coste de un look y la preparación de una actuación con los salarios ofrecidos. También describía un entorno en el que algunas condiciones injustas se aceptan por miedo a quedarse sin trabajo o desaparecer del circuito artístico.

La promesa de visibilidad ocupa un lugar central en esta economía. Actuar gratuitamente o por un caché muy bajo puede presentarse como una inversión en promoción, contactos o seguidores. Pero la exposición pública no paga el alquiler, el transporte ni los materiales.

Es cierto que, por suerte, no todas las salas trabajan de la misma manera. Sí existen espacios, promotores y productoras que contratan, remuneran y respetan a sus artistas. El problema aparece cuando las buenas prácticas dependen exclusivamente de la voluntad individual del empresario, en lugar de constituir una norma básica del sector.

Contratos y camerinos: condiciones elementales

Le Cocó, artista madrileña y ganadora de la cuarta temporada de Drag Race España, situó dos demandas concretas en una entrevista, los contratos y espacios adecuados para cambiarse.

La artista explicó que las drags habían llegado a normalizar el hecho de vestirse en almacenes rodeadas de cajas y botellas. Su reclamación era sencilla: disponer de una sala donde dejar el traje y prepararse en condiciones dignas.

El camerino no es un lujo decorativo. Permite guardar un vestuario costoso, maquillarse, cambiarse y descansar entre números. También evita que la artista tenga que llegar completamente caracterizada desde casa, exponiéndose durante el desplazamiento.

Le Cocó planteaba además una comparación laboral directa: “Si el camarero de la sala tiene un contrato, ¿por qué no lo puede tener la travesti?”. Su pregunta señala una desigualdad habitual en el ocio nocturno: varias personas trabajan en un mismo espacio, pero no todas disfrutan de la misma relación contractual.

La artista reconocía que también existen empresarios que cuidan y respetan a las profesionales. La dignificación del sector no pasa por presentar a todos los locales como abusivos, sino por convertir las mejores prácticas en condiciones mínimas: contrato, caché acordado, horario, camerino y seguridad.

La estacionalidad del Orgullo

El calendario es otro de los grandes obstáculos para vivir exclusivamente del drag.

Las semanas del Orgullo, los festivales estivales, los carnavales y determinadas fiestas municipales concentran buena parte de las actuaciones. Pero después la demanda puede disminuir bruscamente.

Estrella Extravaganza describía los meses de junio y julio como una maratón seguida por “la época de las flacas”: durante el Orgullo todo el mundo se acuerda de las artistas drag, pero después muchas desaparecen de las programaciones.

La estacionalidad obliga a aprovechar periodos intensivos de trabajo, aceptar desplazamientos difíciles y encadenar actuaciones con poco descanso. Una artista puede terminar de madrugada, desmaquillarse, recoger el vestuario y tomar un autobús o un tren hacia la siguiente ciudad.

Durante el resto del año, numerosas profesionales combinan el drag con otros empleos o diversifican su actividad mediante presentaciones, talleres, producción de eventos, diseño, música, interpretación, creación de contenido o campañas publicitarias.

Vivir del drag es posible, pero la televisión ofrece una imagen excepcional del sector. La mayoría de las carreras se construyen actuación a actuación, en bares, cabarets, fiestas, teatros pequeños y espacios culturales.

El drag como herramienta comunitaria

El trabajo drag no se limita al entretenimiento nocturno. Las asociaciones LGTBI+ también recurren a sus lenguajes (humor, cercanía, teatralidad y visibilidad) para desarrollar campañas comunitarias.

Por ejemplo, COGAM, organización LGTBI+ de la Comunidad de Madrid dedicada a la defensa de derechos y a servicios como la atención social y la salud sexual, contó en 2025 con la artista Meryl Stripper para protagonizar una campaña sobre diagnóstico precoz del VIH. La entidad empleó el humor drag para acercar información sanitaria a la comunidad.

Este tipo de iniciativas muestra que una artista drag puede actuar como comunicadora, presentadora, educadora y referente comunitaria. Su trabajo no debería reducirse a decorar una fiesta o entretener al público mientras se prepara la actuación considerada “principal”.

La visibilidad tiene valor cultural y social, pero necesita ir acompañada de reconocimiento profesional. Participar en una campaña, presentar una gala o dinamizar un evento implica prestar un servicio artístico que debe presupuestarse y remunerarse.

Visibilidad y seguridad

La exposición pública que acompaña al drag también puede aumentar la vulnerabilidad frente a insultos, hostigamiento o agresiones.

El Observatori contra l’LGTBI-fòbia, entidad catalana que registra incidencias, acompaña a víctimas y trabaja contra la discriminación, documentó 353 incidencias LGTBIfóbicas en Cataluña durante 2025, la cifra anual más elevada registrada por la organización hasta ese momento.

Aunque estos datos no corresponden específicamente a artistas drag y no deben utilizarse para calcular la violencia que sufre el sector, sí nos permiten contextualizar el entorno en el que una persona con una expresión de género visible se desplaza, trabaja o regresa a casa de madrugada.

Para una artista drag, la seguridad laboral debe comprender el interior del local, el camerino, el trato del público y las condiciones de entrada y salida. El aplauso dentro de la sala no elimina el riesgo que puede existir pocos minutos después en la calle.

Una historia de resistencia

El drag español contemporáneo no nació con la televisión. Sus raíces se encuentran en una larga tradición de cabaret, transformismo, revista y cultura nocturna que logró sobrevivir a la censura y a la persecución durante el franquismo.

Una de las figuras que encarna esa memoria es Gilda Love, transformista gaditana vinculada durante décadas a la vida nocturna del Raval barcelonés, fallecida el pasado 12 de julio. Su muerte, apenas unos días antes del Día Internacional del Drag, devuelve a la actualidad una trayectoria atravesada por el espectáculo, la pobreza, la violencia y la resistencia.

En una entrevista publicada en 2022, Gilda recordó que durante la dictadura permanecía en ocasiones dentro de los locales para evitar ser detenida al salir a la calle. También relató que algunas personas le rajaban los vestidos con cuchillas y que, pese a ello, continuaba actuando con las prendas rotas.

Su historia muestra que subir a un escenario no era únicamente una forma de expresión artística. Para muchas personas, el transformismo fue también una vía de supervivencia económica y un espacio donde poder vivir con una libertad que les era negada fuera de los locales.

Esa necesidad aparece también en la trayectoria de Paco España, transformista canario y figura fundamental de la escena durante los últimos años del franquismo y la Transición. En una entrevista reconoció que al principio se sentía incómodo actuando vestido de mujer, pero que necesitaba hacerlo para poder comer.

Historias como las de Gilda Love y Paco España recuperan una dimensión material que a menudo queda fuera de la memoria cultural. Resistir no significaba solamente desafiar los códigos de género, sino también ganarse la vida, encontrar un lugar donde dormir y seguir actuando a pesar de la precariedad, la persecución y la violencia.

Del aplauso a los derechos

El Día Internacional del Drag celebra una forma artística capaz de convertir el maquillaje, la música, el cuerpo y el humor en un lenguaje propio. Pero celebrar el resultado no basta si se ignoran las condiciones que permiten producirlo.

Vivir del drag implica mucho más que subir a un escenario. Implica administrar una carrera irregular, asumir gastos, negociar cachés, transportar vestuario, protegerse frente a la discriminación y mantener una presencia pública incluso cuando el calendario de actuaciones se reduce.

También significa disputar el derecho a ser considerada una profesional. Una artista que anima una sala, presenta un evento o atrae público está realizando un trabajo, no recibiendo un favor del local.

La visibilidad alcanzada durante los últimos años puede abrir oportunidades, pero no sustituye a los contratos, los horarios, los camerinos, la remuneración y la seguridad. Tampoco debe convertir la fama televisiva en la única medida del éxito.

El drag puede ser espectáculo, comedia, memoria, educación, identidad cultural y resistencia. Puede cuestionar las normas de género sin definir la identidad personal de quien lo practica. Y puede llenar una sala de celebración mientras denuncia las estructuras que mantienen a sus artistas en la precariedad.

Este 16 de julio, reconocer el arte drag exige mirar también detrás del telón. Allí no solo hay brillo, también hay profesionales trabajando.

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