En la historia LGTBIQ+, la familia no siempre ha sido únicamente aquella en la que se nace. Amistades, exparejas, vecinas, activistas y compañeras de comunidad han construido redes de cuidado capaces de ofrecer pertenencia, protección y un lugar al que regresar.
Hay familias que comienzan con un apellido compartido y otras que nacen alrededor de una mesa. Algunas quedan registradas en un libro de familia; otras se reconocen en una llave de repuesto, una llamada de madrugada, una habitación preparada para quien necesita marcharse de casa o una silla junto a la cama de un hospital.
En la experiencia LGTBIQ+, estas últimas relaciones reciben con frecuencia el nombre de familias elegidas: redes afectivas formadas por personas que, sin estar necesariamente unidas por parentesco biológico o legal, asumen compromisos de cuidado, reconocimiento y acompañamiento.
No son simplemente grupos de amigos, la diferencia aparece cuando la amistad empieza a cumplir funciones que socialmente se atribuyen a la familia, como ofrecer refugio, acompañar durante una enfermedad, compartir recursos, celebrar los momentos importantes, cuidar durante la vejez o sostener a alguien cuando su entorno de origen deja de hacerlo.
Aunque la familia elegida tampoco tiene que sustituir obligatoriamente a la familia biológica, ambas pueden convivir. Una persona puede mantener vínculos estrechos con sus padres o hermanos y, al mismo tiempo, considerar familia a quienes la acompañaron durante su salida del armario, una transición, una separación, una migración o una crisis personal.
La cuestión fundamental no es de dónde procede el vínculo, sino qué responsabilidades, cuidados y formas de pertenencia se construyen dentro de él.
Un parentesco construido
La antropóloga estadounidense Kath Weston otorgó centralidad académica al concepto con Families We Choose: Lesbians, Gays, Kinship, publicado originalmente en 1991. A partir de entrevistas y trabajo de campo en el área de San Francisco, Weston estudió cómo hombres gais y mujeres lesbianas construían relaciones de parentesco recurriendo no solo a la biología, sino también al amor, la amistad y el compromiso.
Su investigación cuestionaba una idea muy arraigada: que la familia es una realidad natural, fija y exclusivamente determinada por la sangre, el matrimonio o la adopción.
En realidad, todas las familias dependen de actos cotidianos. Alimentar, acompañar, escuchar, proteger, recordar fechas, prestar dinero, recoger a alguien de madrugada o quedarse cuando la situación se complica son decisiones. La familia elegida hace especialmente visible aquello que también sostiene a las familias tradicionales: el parentesco necesita practicarse.
Para muchas personas LGTBIQ+, construir estas redes no ha sido solamente una preferencia afectiva, ha sido una respuesta frente al rechazo familiar, la expulsión del hogar, el aislamiento o la necesidad de abandonar el lugar de origen.
El informe sobre sexilio publicado por FELGTBI+ y la Universidad de Salamanca en 2025 estimó que el 13 % de las personas LGTBIQ+ encuestadas había cambiado de residencia por motivos relacionados con su orientación sexual, identidad o expresión de género, mientras que otro 21,5 % se lo había planteado. Este desplazamiento no supone únicamente cambiar de ciudad, también puede implicar dejar atrás relaciones, recursos y redes familiares para buscar un entorno donde vivir con mayor libertad.
En esos desplazamientos, la amistad puede convertirse en la primera infraestructura de acogida. Una habitación prestada, una presentación a otras personas, el acompañamiento a una asociación o la invitación a una cena pueden marcar la diferencia entre llegar a una ciudad y empezar a pertenecer a ella.
Cuidarse cuando otros no cuidaban
La idea contemporánea de familia elegida se encuentra estrechamente relacionada con la historia de los cuidados dentro de la comunidad LGTBIQ+.
La investigación de Weston se desarrolló durante los últimos años de la década de 1980, en el contexto de la crisis del VIH y el sida en San Francisco. Pero estudios posteriores han señalado que el concepto de familia elegida adquirió parte de su significado precisamente en situaciones de enfermedad, cuidado y muerte, cuando amistades y comunidades asumieron responsabilidades que las familias de origen o las instituciones no siempre estaban dispuestas a ejercer.
La familia elegida fue entonces una estructura emocional, pero también profundamente material. Significaba llevar comida, administrar medicación, acompañar a consultas, organizar funerales, defender a una persona ante el personal sanitario y preservar la memoria de quienes morían.
Ese legado continúa presente. Una investigación con personas adultas jóvenes queer y trans observó que las familias elegidas participan en tareas como la defensa del paciente en espacios médicos, el acompañamiento durante cambios de salud, la gestión de emergencias y el intercambio de vivienda, dinero y otros recursos.
Otra investigación etnográfica, realizada dentro de una organización comunitaria LGBTQ vietnamita-estadounidense, encontró que las relaciones intergeneracionales de familia elegida contribuían al sentimiento de pertenencia, el propósito vital y la percepción de bienestar de sus integrantes.
La familia elegida, por tanto, no es únicamente una respuesta emocional al rechazo. Es una economía comunitaria del cuidado.
Las casas del ballroom
Pocas expresiones culturales han representado esta idea con tanta claridad como las casas de la cultura ballroom.
En estas comunidades, integradas históricamente por personas negras y latinas LGTBIQ+ de Nueva York, las llamadas houses funcionaron como equipos artísticos, espacios de pertenencia y estructuras familiares. Sus integrantes compartían un nombre colectivo y eran acompañados por madres o padres de casa, figuras que podían proporcionar orientación, disciplina, apoyo y recursos.
El documental Paris Is Burning, rodado durante varios años y estrenado en 1990, retrata las competiciones entre casas y el papel de las madres que sostenían a sus integrantes en un contexto atravesado por la homofobia, la transfobia, el racismo, la pobreza y la crisis del sida.
Décadas después, la serie Pose convirtió esa estructura familiar en el centro de su narración. La casa no aparece únicamente como el grupo con el que se compite en los bailes. Es el lugar al que llegan quienes han sido expulsados, donde se aprende a sobrevivir y donde alguien puede escuchar por primera vez que merece un futuro.
La figura de Blanca Evangelista ha sido analizada académicamente como una forma de maternidad elegida y comunitaria: una madre que no reclama autoridad por un vínculo biológico, sino por el cuidado que ofrece y la responsabilidad que acepta.
Estas familias no eran una imitación incompleta de la familia tradicional. Proponían otra organización de los afectos. Podían mezclar amistad, parentesco, mentoría, creación artística, protección y resistencia política.
La literatura como casa compartida
La familia elegida también ocupa un lugar central en la literatura LGTBIQ+.
En Tales of the City, de Armistead Maupin, la pensión de Anna Madrigal en el número 28 de Barbary Lane se convierte en el núcleo de una comunidad formada por personajes que llegan a San Francisco buscando independencia, identidad y nuevas formas de relacionarse. La serie, publicada inicialmente como columnas periodísticas, construye a lo largo de varias décadas un retrato de amistades que permanecen, se separan, envejecen y vuelven a encontrarse.
Barbary Lane no es únicamente un edificio. Es una posibilidad: la de encontrar personas que comprendan aquello que el lugar de origen no supo entender.
En la literatura en español, Las malas, de Camila Sosa Villada, ofrece una representación especialmente intensa de esta comunidad afectiva. La novela presenta a un grupo de travestis que se reúne en torno a la Tía Encarna, una figura protectora que les ofrece cobijo dentro de un entorno urbano hostil. La casa y el grupo aparecen simultáneamente como refugio, espacio de conflicto, lugar de supervivencia y territorio de ternura.
La potencia de estas obras reside en que no presentan la familia elegida como una comunidad perfecta. Hay disputas, abandonos, desigualdades, secretos y pérdidas. Elegir a alguien como familia no elimina las contradicciones humanas. Lo que cambia es la posibilidad de construir una relación fuera de los guiones heredados.
La amistad también envejece
Hablar de familias elegidas no puede limitarse a la juventud, la noche o las grandes ciudades.
Con el envejecimiento de las primeras generaciones LGTBIQ+ que alcanzaron la edad adulta en contextos de persecución y clandestinidad, surge una pregunta urgente: ¿quién cuidará a quienes no tienen descendencia, perdieron a sus parejas o se alejaron de sus familias de origen?
Un informe presentado por FELGTBI+ en el Imserso estudió las experiencias de 145 personas mayores LGTBIQ+ y abordó cuestiones como el acceso a los cuidados, la discriminación y la soledad.
La amistad puede adquirir entonces una importancia equivalente o superior a la del parentesco formal. Sin embargo, esas redes también envejecen. Los amigos pueden enfermar, tener dificultades económicas, vivir lejos o necesitar cuidados simultáneamente.
La Fundación 26 de Diciembre trabaja con personas mayores LGTBIQ+ mediante servicios de atención psicológica, socialización, orientación y voluntariado intergeneracional. Su programa de acompañamiento busca crear redes de apoyo para personas que se encuentran en situaciones de vulnerabilidad o soledad.
Estas iniciativas muestran que la familia elegida no debería depender únicamente de la buena voluntad individual. Necesita espacios comunitarios, recursos públicos y profesionales capaces de reconocerla.
Una persona mayor no debería tener que explicar una y otra vez por qué quien aparece como “amiga” en un formulario es, en la práctica, la persona más importante de su vida.
Elegir no significa idealizar
El concepto de familia elegida puede resultar reconfortante, pero también corre el riesgo de convertirse en una imagen excesivamente romántica.
Las relaciones elegidas pueden reproducir desigualdades, dependencia, control o falta de reciprocidad. La persona que siempre cuida puede acabar agotada. Quien ofrece alojamiento puede adquirir una posición de poder. Los grupos pueden imponer normas de pertenencia o excluir a quienes dejan de encajar. Además, muchas redes LGTBIQ+ se sostienen con recursos limitados. El afecto no sustituye una vivienda digna, atención sanitaria, servicios sociales o protección frente a la discriminación.
La familia elegida no debe convertirse en una excusa para que las instituciones deleguen sus responsabilidades en los amigos. Una red comunitaria puede acompañar a una persona durante una enfermedad, pero no debería tener que reemplazar un sistema sanitario accesible. Puede ayudar ante una emergencia habitacional, pero no sustituye una política de vivienda. Elegir familia también implica aprender a poner límites, repartir los cuidados y hablar de responsabilidades antes de que aparezca una crisis.
Una forma de imaginar el futuro
Las familias elegidas han permitido a muchas personas LGTBIQ+ sobrevivir, pero su importancia no se reduce a la supervivencia.
También son espacios de celebración. En ellas se organizan cumpleaños, bodas, cenas, vacaciones, mudanzas y rituales de duelo. Se transmiten conocimientos entre generaciones, se comparten referencias culturales y se conserva una memoria que no siempre aparece en los archivos oficiales.
En una familia elegida, una persona mayor puede convertirse en referente para alguien joven que no conoce su historia. Una amiga puede acompañar una transición. Una expareja puede continuar siendo parte de la red de cuidados. Una vecina puede terminar ocupando el lugar que el lenguaje administrativo reserva a los parientes. Estas relaciones amplían el significado de la palabra familia sin necesidad de vaciarla. La familia elegida no afirma que la sangre carezca de valor. Afirma que la sangre, por sí sola, no garantiza cuidado, respeto ni pertenencia.
Hay hogares que se heredan y hogares que se construyen. En la historia LGTBIQ+, construirlos ha sido muchas veces un acto de resistencia. Pero también ha sido algo más sencillo y cotidiano: encontrar a quienes preguntan si has llegado bien, dejan una luz encendida y hacen sitio en la mesa. Porque, en ocasiones, elegir una familia significa reconocer a las personas que ya estaban actuando como tal.







