Perrier transforma sus experiencias de Bullying, abusos y discriminación homófoba en literatura y reflexiona sobre las secuelas, visibilidad, respeto y la libertad para expresarse del colectivo LGTBIQ+
El escritor Michael Perrier, nacido en Lyon (Francia en 1987), comienza su historia en Cataluña, ciudad en la que el choque de idiomas, el acoso escolar y la sensación de no encajar marcaron profundamente su infancia. Años después encontró su lugar en la Costa del Sol, donde inició el camino para reconciliarse consigo mismo y reconstruir su vida. Desde entonces, ha transformado sus vivencias para dar voz a quienes sufren en silencio, acompañar en procesos de sanación emocional, defender la diversidad e identidades LGTBIQ+ y dar visibilidad a realidades silenciadas; a través de sus obras: ‘Cicatrices silenciosas’ y en ‘La amapola del patio gris’.
‘Cicatrices silenciosas’, es la obra con la que debutó Perrier. Un libro que surge de una urgencia: la necesidad de sanar. “Había traumas de mi pasado que seguían marcando mi vida y que estuvieron a punto de acabar conmigo. Escribir fue una manera de empezar a enfrentarlos y poner palabras a lo que había callado durante demasiado tiempo”, matiza el catalán.
Cada capítulo de esta novela es una herida que Michael Perrier ha querido mostrar. Explica que contarlas le obligaba a mirarse con una “sinceridad que a veces dolía”, pues algunas de éstas han cicatrizado; sin embargo, otras “siguen latiendo”. Es por ello que se decidió por compartir su historia para que personas con sus mismas vivencias puedan verse reflejadas. “Me gustaría que un lector se acercara al libro para conocer mi vida y encontrara también palabras para comprender algo de la suya”.
“Ninguna persona que haya sufrido abusos o una agresión es culpable de lo que le hicieron”
Escribir sobre experiencias tan personales implica exponerse emocionalmente. ¿Qué ha sido lo más difícil de contar en ‘Cicatrices silenciosas’ y qué te ha permitido poner en palabras que quizá antes no sabías cómo expresar?
Lo más doloroso fue escribir sobre los abusos que sufrí en la infancia y sobre la terrible agresión de 2015. Podría haber presentado mi historia como ficción para protegerme. Elegir decir “esto me ocurrió a mí” fue una decisión muy dura. Para narrar aquella agresión tuve que recurrir a la documentación y releer los partes médicos y policiales. Aquello me produjo una mezcla de ira y alivio que me transformó pues volvía a unos hechos que me habían causado muchísimo daño, pero empezaba a comprenderlos desde otra perspectiva.
Ponerlo por escrito me ayudó a reconocer que yo no tenía la culpa. La responsabilidad era de quienes habían ejercido aquella violencia. Me parece importante decirlo con claridad: “Ninguna persona que haya sufrido abusos o una agresión es culpable de lo que le hicieron”. La fe también fue un apoyo importante para seguir adelante. Y me sostuvo la esperanza que el libro pudiera contribuir a salvar una sola vida. Eso daba sentido al esfuerzo de compartir algo tan íntimo.
En tus obras también abordas la homofobia y la discriminación. ¿Cómo influyeron estas experiencias en tu forma de relacionarte contigo mismo y con los demás?
Es difícil aprender a quererte cuando creces sintiendo que los demás te rechazan por ser quien eres. En mi infancia y adolescencia, esas experiencias marcaron mi autoestima y mi confianza en los demás. A finales de los años noventa y principios de los dos mil empezaban a verse algunos cambios, pero esa apertura estaba lejos de lo que yo vivía en el colegio y en mi entorno.
Más adelante comencé a trabajar en la noche y, rodeado de personas del colectivo LGTBIQ+, me sentí en familia. Encontrar un entorno en el que podía sentirme aceptado fue muy importante para mí. Por eso resultó especialmente doloroso sufrir después discriminación y homofobia en el trato policial y no recibir ayuda de las asociaciones del colectivo a las que acudí en aquel momento. A la violencia sufrida se sumó la sensación de abandono. Aquello volvió a dañar mi confianza, pues había encontrado un lugar de pertenencia, pero, cuando necesité apoyo, me sentí solo. Esa vivencia explica el valor que doy hoy a escuchar y acompañar a quienes se acercan a mí para compartir su historia.
Para muchos niños y adolescentes LGTBIQ+, el colegio es el primer lugar en el que sienten que ser diferentes puede convertirse en un motivo de rechazo. ¿Qué consecuencias tiene crecer intentando ocultar una parte de uno mismo para evitar el acoso?
En mi caso, significó soledad, culpa y muchos años intentando demostrar que valía, que no era aquel “bicho feo y extraño” que los demás describían. Entras en un bucle de búsqueda de amor y aceptación. Puedes alcanzar metas y vivir cosas buenas, pero cuesta disfrutarlas cuando sigues necesitando que alguien confirme que eres suficiente. Tus propios deseos quedan en segundo plano, porque muchas decisiones empiezan a depender de lo que crees que hará que los demás te acepten.
También puede aparecer la necesidad de evadirse. Algunas personas recurren al alcohol o a otras drogas para sentirse más seguras, dejar de pensar o intentar olvidar. Otras buscan en el sexo una forma de escapar del dolor o de sentirse deseadas, queridas o aceptadas. Cuando esa búsqueda lleva a dejar de lado los propios deseos y límites, puede acabar añadiendo nuevos problemas al sufrimiento que ya existía. Para mí, una de las consecuencias más dolorosas es pasar años buscando permiso para ser quien eres. Vivir como si tuvieras que ganarte, una y otra vez, el derecho a ser querido.
¿Qué responsabilidad tienen los centros educativos a la hora de prevenir el acoso homófobo? ¿Crees que se actúa con suficiente contundencia o que, en ocasiones, se siguen minimizando determinadas agresiones como si fueran “simples bromas”?
Los centros tienen una responsabilidad enorme: prevenir, detectar y proteger. Y sí, por desgracia sigo escuchando “son cosas de niños”. Me parece inaceptable que se minimice así el sufrimiento de un menor. La prevención necesita continuidad: charlas de concienciación, formación para el profesorado, atención psicológica accesible y un seguimiento que permita comprobar que el alumno está protegido.
El bienestar emocional del alumnado requiere más atención. En el barómetro 2023-2024 de UNICEF España y la Universidad de Sevilla, el 41 % de los adolescentes participantes afirmó haber tenido o creer haber tenido un problema de salud mental en los doce meses anteriores. Las asociaciones del colectivo LGTBIQ+ también pueden aportar apoyo mediante charlas y espacios de encuentro adaptados a las distintas edades. En mis charlas hablo de respeto para todos, atendiendo a las diferentes situaciones que viven los alumnos. Cada niño y cada niña importan.
Para sostener este trabajo hace falta mayor financiación pública para los centros, las asociaciones y los proyectos de prevención. Lo vivo en primera persona, recorrer colegios sin la ayuda necesaria resulta difícil. Ese respaldo permitiría dar continuidad a las iniciativas y llegar a más aulas. Esta lucha nos implica a todos: instituciones, docentes, familias y asociaciones. El compromiso tiene que notarse en la vida del alumno que mañana vuelve a clase con miedo.

“Hay más visibilidad y libertad para expresarse, pero también percibo un retroceso preocupante en el respeto y la convivencia”
¿Crees que las nuevas generaciones viven hoy una realidad más libre en términos de diversidad sexual o, por el contrario, la homofobia sigue presente, aunque adopte otras formas?
Después de casi un año dando charlas y escuchando a muchos adolescentes, veo una realidad contradictoria pues hay más visibilidad y libertad para expresarse, pero también percibo un retroceso preocupante en el respeto y la convivencia. Las burlas y la exclusión siguen haciendo sentir a algunos jóvenes que no encajan.
Me preocupa que, al hablar de diversidad, a veces demos más importancia a clasificar que a escuchar. Poner nombre a lo que sentimos puede ayudarnos a comprendernos. Pero, cuando el mensaje gira constantemente alrededor de qué somos y a qué grupo pertenecemos, creo que necesitamos revisar cómo lo estamos transmitiendo. Cada joven necesita información clara, acompañamiento y espacio para conocerse y encontrar las palabras con las que se sienta cómodo. Para mí, el propósito debe ser acercarnos y aprender a convivir con nuestras diferencias. La responsabilidad del rechazo es de quien discrimina, y los adultos tenemos que dar ejemplo con nuestra manera de hablar y de tratar a los demás. El respeto no puede depender de conocer todas las definiciones.
¿Crees que hemos aprendido a aceptar la diversidad sexual o simplemente hemos aprendido a hablar de ella con más naturalidad?
Sí, creo que también hemos avanzado en la aceptación. Si lo comparo con lo que viví en mi infancia y adolescencia, la diferencia es enorme. Los retrocesos que me preocupan no borran ese avance, y para mí es importante reconocerlo. Me llena de alegría ver que, en muchos espacios, hablar de tu orientación sexual o mencionar a la persona que quieres forma parte de una conversación cotidiana, sin que eso provoque rechazo o te cierre puertas.
Esa naturalidad tiene un valor inmenso. Algo que hoy puede parecer un detalle cotidiano, para quienes conocimos otra realidad representa una libertad que durante mucho tiempo echamos en falta.
El acoso ya no termina necesariamente cuando un alumno sale del colegio: las redes sociales pueden prolongarlo y amplificarlo. ¿Cómo crees que ha cambiado la violencia contra las personas LGTBIQ+ con la digitalización?
Cerrar la puerta de casa ya no siempre significa dejar el acoso fuera. Las redes sociales y los grupos de WhatsApp pueden prolongarlo las veinticuatro horas y multiplicar su alcance. Un mensaje homófobo puede difundirse y repetirse hasta hacer sentir a la víctima que está expuesta incluso en su intimidad.
Necesitamos controles de edad eficaces, educación digital, acompañamiento adulto y plataformas que respondan con rapidez ante el acoso. La protección de los menores tiene que incluir lo que les ocurre a través de una pantalla.
En la lucha contra el acoso pienso mucho en Sandra Peña y en sus padres. Han denunciado que su hija no recibió la protección que necesitaba y siguen compartiendo su testimonio para reclamar respuestas y ayudar a otras familias. Para mí, su historia refleja un fracaso que nos obliga a revisar cómo escuchamos y actuamos los adultos y las instituciones ante las señales de sufrimiento. Los menores necesitan poder descansar del miedo. La violencia que llega al móvil también necesita una respuesta de quienes tienen la responsabilidad de protegerlos.
En ‘La amapola del patio gris’ vuelves a explorar la infancia y las heridas que deja esa etapa. ¿Qué diferencias hay entre la manera en que abordaste esas vivencias en esta obra y en ‘Cicatrices silenciosas’?
La diferencia principal está en la mirada. ‘Cicatrices silenciosas’ recorre distintas etapas de mi vida y se dirige principalmente a adultos, con capítulos muy crudos. En ‘La amapola del patio gris’ quise darle voz al niño que fui, aquel que llegó a pensar que su vida no valía.
La idea nació cuando descubrí que también me leían muchos adolescentes y empecé a dar charlas en colegios. Desarrollé vivencias de mi infancia presentes en mi primer libro, centrándome en el acoso escolar y cuidando el tratamiento para un público más joven. También quise rendir homenaje a una persona muy querida para mí.
El proceso fue duro. Tuve que elegir qué partes de mis diarios compartir y mantener la voz del niño de principio a fin: respetar lo que sentía y lo que todavía no comprendía, sin adelantarme a explicarlo desde mi mirada adulta. Quería que el lector viviera esa etapa a su lado y entendiera el rechazo desde dentro.
Cuando uno sufre una experiencia de acoso similar a la que tú has vivido, es muy complicado pedir ayuda. ¿Qué le dirías a alguien que está sufriendo acoso homófobo y todavía no se atreve a contárselo a nadie?
Le diría: “No estás solo. No hay nada malo en ti. Pedir ayuda es de valientes”. Entiendo que contarlo dé miedo. Se puede empezar con una frase sencilla como: “Me está pasando algo y necesito ayuda”, buscar a una persona adulta de confianza, un familiar, un profesor o el orientador del centro escolar. “Si la primera persona no te escucha, acude a otra. También hay asociaciones y profesionales que pueden acompañarte”.
Si hablar todavía es un proceso que cuesta, otra opción es escribir esas vivencias y compartir esa nota con alguien de confianza. El dibujo, la música, la escritura o el deporte también pueden dar momentos de calma mientras se recibe apoyo. “Lo que estás viviendo no tiene por qué decidir el resto de tu vida. Puedes encontrar ayuda y vínculos en los que sentirte querido siendo tú mismo”.
En tu caso, ¿cuándo te diste cuenta de que tenías que pedir ayuda?
Yo sí pedí ayuda. Acudí a la directora cuando sentí que ya no podía más. Su respuesta me hizo sentir culpable del acoso que estaba sufriendo. Después de aquello me hundí aún más y no volví a pedir ayuda. Me callé y seguí sufriendo en silencio.
Hubo momentos en los que mi vida estuvo en peligro y tuve la suerte de que me salvaran a tiempo. No sé si habría sobrevivido a aquel acoso sin esa ayuda. Eso es precisamente lo que intento transmitir en mis libros y mis charlas. Quiero que otras personas aprendan de mi experiencia y no repitan mi error de guardar silencio. Si alguien no te escucha o no te ayuda, acude a otra persona. Sigue buscando apoyo.
“He conocido a personas que tardaron muchos años en hablar abiertamente de su homosexualidad porque sentían que hacerlo era concederles una victoria a quienes las habían acosado”
¿Crees que existe suficiente conciencia sobre las secuelas que puede dejar el acoso homófobo en la edad adulta, incluso cuando la persona ha conseguido reconstruir su vida? ¿Qué aspectos suelen pasar más desapercibidos?

Creo que todavía no. Hemos avanzado en visibilidad, pero sigue costando comprender que una persona pueda haber reconstruido su vida y continuar sufriendo. Hay huellas que no resultan evidentes para quienes la rodean.
He conocido a personas que tardaron muchos años en hablar abiertamente de su homosexualidad porque sentían que hacerlo era concederles una victoria a quienes las habían acosado. Me duele pensar que aquel rechazo siguiera condicionando una decisión tan íntima, que debería poder tomarse con libertad y al ritmo de cada persona.
Esa influencia sobre las decisiones personales es uno de los aspectos que más desapercibidos pasan. El daño puede seguir presente en cómo construyes tus vínculos, en lo que toleras o en lo que crees merecer, y alcanzar también a quienes te quieren. A veces vemos que alguien ha conseguido seguir adelante y dejamos de preguntarnos cuánto le está costando.
¿De qué manera ha influido aquella experiencia en tu autoestima, tus relaciones y tu forma de entenderte a ti mismo? ¿Hay alguna huella que todavía estés aprendiendo a gestionar?
He vivido relaciones tóxicas y maltrato, y me llevó muchos años aceptarme de verdad. He aprendido a valorar mi sensibilidad y a poner límites en mis relaciones. Sigo conviviendo con los temblores tras las operaciones, los miedos, las crisis de ansiedad, los episodios depresivos y los recuerdos que me hacen revivir lo ocurrido. Hay días en los que me cuesta salir a la calle y situaciones que me desbordan hasta el punto de tener que marcharme. Antes me avergonzaban mis temblores y mis miedos; ahora los acepto y pongo distancia con quien no respeta esa parte de mí.
Encuentro paz en el amor de mis seres queridos, en la compañía de mis animales, en la playa, la música y la lectura. Son apoyos que me ayudan a sobrellevar los días difíciles. El perdón sigue siendo una parte complicada. Hay personas a las que todavía no he podido perdonar. Sigo intentando gestionar el rencor y la ira que aparecen a veces, y quiero ser honesto también con eso.
El cariño de mis lectores y de las personas que conozco en charlas y presentaciones también me sostiene. Hoy puedo decir que vivo mucho mejor que antes y que disfruto de momentos de paz y alegría que valoro muchísimo.







