A menudo se utiliza la palabra hepatitis como si se tratara de una única enfermedad, pero los virus A, B y C se transmiten de manera diferente y no tienen el mismo tratamiento. Con motivo del Día Mundial contra la Hepatitis, repasamos las dudas más habituales sobre vacunas, pruebas y prevención, sin alarmas ni estigmas.
Entre letras, vías de transmisión y recomendaciones sanitarias, es fácil perderse. La hepatitis A no se comporta como la B y la hepatitis C, pese a lo que todavía cree mucha gente, puede curarse en la mayoría de los casos.
También siguen circulando ideas equivocadas: que solo afecta a ciertos colectivos, que se transmite por compartir cubiertos o que una persona sin síntomas no necesita hacerse ninguna prueba. Estos mitos no ayudan a prevenir. Al contrario, alimentan el estigma y pueden retrasar el diagnóstico.
Para aclarar las principales diferencias, hemos contado con la colaboración de la doctora Sabela Lens García, hepatóloga del Hospital Clínic de Barcelona, investigadora de la Universidad de Barcelona y miembro de la Asociación Española para el Estudio del Hígado (AEEH) una sociedad científica formada por profesionales especializados en enfermedades hepáticas.
También ha participado Apoyo Positivo, una organización comunitaria que trabaja en salud sexual, VIH, hepatitis, diversidad LGTBIQ+ y acompañamiento psicosocial. Su aportación permite abordar la prevención desde una perspectiva social, accesible y libre de juicios.
Tres virus, tres situaciones diferentes
Las hepatitis A, B y C afectan al hígado, pero no se transmiten igual ni tienen la misma evolución.
La hepatitis A se contagia principalmente por vía fecal-oral. Puede ocurrir a través de agua o alimentos contaminados, por una higiene de manos insuficiente o durante prácticas sexuales en las que haya contacto con restos de heces.
Este tipo de hepatitis no se convierte en una infección crónica. La persona suele recuperarse y, además, existe una vacuna eficaz para prevenirla.
La hepatitis B puede transmitirse durante las relaciones sexuales, a través de la sangre o de la madre al bebé durante el embarazo o el parto. En algunos casos desaparece tras la infección inicial; en otros permanece durante años y puede dañar el hígado.
Los tratamientos disponibles permiten mantener el virus bajo control, aunque la curación completa solo se consigue en una parte de los casos. Frente a la hepatitis B también existe una vacuna muy eficaz.
La hepatitis C se transmite sobre todo por contacto con sangre. No tiene vacuna, pero sí un tratamiento capaz de curarla en más del 95 % de los casos. Según explica la doctora Lens, los antivirales actuales suelen administrarse durante dos o tres meses.
Este cambio ha sido enorme. Hace años, el tratamiento era largo, complejo y no siempre funcionaba. Hoy, muchas personas pueden eliminar el virus con medicación oral durante unas pocas semanas.
Por su parte, desde Apoyo Positivo señalan que la idea de que la hepatitis C es incurable sigue apareciendo con frecuencia, pese a que los tratamientos actuales consiguen curar la gran mayoría de las infecciones.
Se puede tener hepatitis sin notarlo
Las hepatitis B y C pueden permanecer durante años sin provocar síntomas claros. Algunas personas sienten cansancio, náuseas o molestias abdominales. Otras no notan nada.
Por eso, esperar a encontrarse mal no es una buena forma de saber si existe una infección. Las pruebas permiten detectarla antes de que aparezcan daños en el hígado y facilitan el acceso al tratamiento.
En Apoyo Positivo insisten en que cualquier persona puede haber estado expuesta en algún momento de su vida. La posibilidad de infección depende de las vías de transmisión y de las circunstancias concretas, no de pertenecer a un colectivo determinado.
¿Quién debería revisar sus vacunas?
Hay vacunas frente a las hepatitis A y B. No existe, por ahora, una vacuna contra la hepatitis C.
La doctora Lens recomienda revisar la vacunación frente a las hepatitis A y B «en las personas con mayor riesgo de exposición, incluyendo usuarios de drogas, personas con infección por VIH, hombres que tienen sexo con hombres, personas con múltiples parejas sexuales, viajeros a zonas endémicas y profesionales sanitarios, entre otros grupos contemplados en las recomendaciones oficiales».
Aunque no todo el mundo necesita la misma pauta. Depende de la edad, las vacunas recibidas anteriormente, el estado de salud y las circunstancias personales. Cuando no se sabe si la vacunación está completa, lo más práctico es consultarlo en el centro de salud. Allí pueden revisar el historial y valorar si hace falta administrar alguna dosis.
Para Apoyo Positivo, las vacunas frente a las hepatitis A y B forman parte de una estrategia más amplia de salud sexual, junto a las pruebas y el acceso a información clara.
¿Cuándo conviene hacerse una prueba?
No hay una única recomendación válida para todas las personas. La decisión depende de las posibles exposiciones y de los antecedentes de salud.
Puede ser conveniente consultar cuando ha habido contacto con sangre, se ha compartido material para consumir sustancias o se han mantenido prácticas sexuales con posibilidad de exposición. También cuando se procede de un país donde estas infecciones son más frecuentes o aparecen alteraciones en los análisis del hígado.
Apoyo Positivo considera importante que la población adulta conozca su situación respecto a la hepatitis C. También recomienda valorar pruebas periódicas cuando existen situaciones de mayor exposición, como la práctica de chemsex o el uso compartido de material para consumir sustancias. La frecuencia debe decidirse de forma individual con un profesional sanitario.
Conviene recordar que hacerse una prueba no dice nada sobre la responsabilidad, la identidad o la vida sexual de una persona. Es una forma de conocer el propio estado de salud y acceder al tratamiento cuanto antes.
No se transmite por compartir mesa
Las hepatitis B y C no se contagian por abrazar, compartir cubiertos, utilizar el mismo baño o convivir con una persona que tiene la infección. La doctora Lens señala que este es uno de los errores más habituales. También persiste la creencia de que las hepatitis solo afectan a ciertos colectivos, cuando cualquier persona puede verse expuesta en determinadas circunstancias.
La hepatitis A funciona de otra manera porque se transmite por vía fecal-oral. En este caso son especialmente importantes la higiene de manos, la seguridad alimentaria y la vacunación cuando esté indicada.
Entender cómo se transmite cada virus permite tomar precauciones sin apartar ni tratar como peligrosa a una persona diagnosticada.
Hablar de prácticas, no de “grupos de riesgo”
Durante mucho tiempo, las campañas sanitarias utilizaron la expresión “grupos de riesgo”. El problema es que esa etiqueta coloca el peligro sobre determinadas personas, en vez de explicar qué prácticas pueden facilitar una infección.
Ser gay, bisexual, trans o no binarie no transmite una hepatitis. Puede existir una mayor exposición cuando se mantienen determinadas prácticas, se comparte material que contiene restos de sangre o no se tiene acceso a vacunas y pruebas.
Apoyo Positivo defiende una prevención centrada en las vías de transmisión, la autonomía y el acceso a recursos. La información funciona mejor que el miedo y la culpabilización. Además, hablar solo de colectivos puede provocar el efecto contrario: que otras personas crean que no necesitan una prueba porque no se reconocen dentro de esas categorías.
Una buena consulta sanitaria debería permitir hablar con naturalidad sobre prácticas sexuales, consumo de sustancias o dudas sobre vacunación. Sin sermones y sin hacer sentir a nadie que tiene que justificar su vida.
Hepatitis C y chemsex
El chemsex es el uso intencionado de determinadas sustancias en contextos sexuales. No todas las personas que lo practican consumen lo mismo ni tienen idénticas posibilidades de exposición.
El riesgo de hepatitis C aumenta especialmente cuando se comparten agujas, jeringuillas o utensilios utilizados para preparar sustancias. También puede haber transmisión durante prácticas sexuales en las que se produzcan pequeñas heridas o contacto con sangre.
Reducir riesgos puede pasar por utilizar material propio y estéril, no compartir utensilios, emplear suficiente lubricación y hacerse pruebas con la frecuencia adecuada.
Apoyo Positivo desarrolla Sexo, Drogas y Tú, un programa de atención comunitaria y psicosocial para personas que practican chemsex o utilizan sustancias en contextos sexuales. El servicio ofrece acompañamiento especializado desde la reducción de riesgos y sin juicios.
Pedir información o apoyo no obliga a abandonar el consumo de manera inmediata. También puede servir para revisar prácticas, reducir daños o tomar decisiones con más calma.
¿Dónde acudir?
El centro de salud puede ser el primer lugar para revisar las vacunas, comentar una posible exposición o solicitar una prueba.
También existen recursos comunitarios. Los centros CASA de Apoyo Positivo ofrecen atención confidencial y gratuita en salud sexual, además de servicios de prueba rápida y asesoramiento. Estos espacios pueden resultar más cómodos para personas que han tenido experiencias negativas en la sanidad o temen ser juzgadas por sus prácticas, su orientación sexual o su identidad de género.
Consultar, vacunarse o hacerse una prueba no significa haber hecho algo mal. Significa ocuparse de la propia salud.
Cuidarse sin miedo
Frente a las hepatitis víricas contamos hoy con más herramientas que nunca. Las hepatitis A y B pueden prevenirse mediante vacunas. La hepatitis B puede controlarse con tratamiento. La hepatitis C puede curarse en la mayoría de los casos.
El problema aparece cuando la información no llega, las pruebas no son accesibles o el miedo al juicio hace que una persona retrase la consulta.
Apoyo Positivo resume su mensaje con una idea sencilla: la salud hepática también forma parte de la salud sexual. Vacunarse, hacerse pruebas y acceder al tratamiento son decisiones de autocuidado.
Hablar de hepatitis debería servir para resolver dudas, facilitar el acceso a vacunas y pruebas y recordar que recibir un diagnóstico no convierte a nadie en culpable. La información ayuda a cuidarse; el estigma solo aleja a las personas de la atención que necesitan.







